A man for all seasons (Fred Zinnemann, 1966. Gran Bretaña): primorosa adaptación en clave de biopic (muy)parcial de la figura de Thomas More,
humanista inglés y fuerte opositor a la Reforma Protestante en los tiempos de
Enrique VIII, quien recordemos, quiso divorciarse de Catalina de Aragón para
casarse con Ann Boleyn, algo que el catolicismo prohibía en aquél entonces. Tan
encarnizada fue su lucha que acabó condenado por alta traición y decapitado. Ya
bien entrado el siglo XX fue canonizado y hecho mártir por la causa. La
imponente presencia física de Scofield, ayudado por la extraordinaria
intensidad de su rostro y gestos, apenas exteriorizadosen un hombre que
siempre prefirió las tablas a las cámaras, suponen más de la mitad de la película,
premiadísima por cierto. Excepcional a nivel visual (su ambientación, mostrada
en Technicolor, así lo atestigua) y no menos a nivel genérico, pues deviene en
un drama histórico firmado con la misma solemnidad que profesionalidad por un
cineasta que pide a gritos un recuerdo, un grito, un aplauso por su
contribución al cine, junto con otros miembros de su estirpe (directores cuya
lengua materna era el alemán y que emigraron a Estados Unidos en la época de
mayor auge del sistema de estudios). La obra teatral que sirve de base fue
objeto de otra adaptación, a finales de los 80 y ya para la televisión, a cargo
de y con Charlton Heston.







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