The
Irishman (Martin Scorsese, 2019. EEUU): esperadísima pero decepcionante
nueva incursión de un director, Scorsese, en un subgénero, el de gangsters, que
no se entiende sin él. Mastodóntico proyecto, tanto a nivel técnico (las
técnicas de rejuvenecimiento empleadas son extraordinarias) como de
infraestructura (se tardó años en concretar… mientras Scorsese filmaba una obra
maestra tras otra… hasta encontrar casa con la que llegar a un acuerdo… nada
más y nada menos que Netflix, de la que Scorsese siempre renegó) y como artístico (es la tercera colaboración
entre Robert de Niro y Al Pacino – cuarta si contamos El padrino. Parte II,
donde no compartían ninguna escena - , amén de otros intérpretes de altura, y
la novena película, desde aquella lejana Malas calles de 1973, que realizan
juntos de Niro y el maestro neoyorkino, lo que los convierte en una de las
grandes sociedades del cine contemporáneo norteamericano. El film más largo (3
horas y media) del director de Toro salvaje es un recorrido
socio-político por los Estados Unidos de los años 60 a través de un asesino de
la mafia y del polémico líder sindical Jimmy Hoffa, desaparecido en
circunstancias nunca del todo esclarecidas en 1975. En cierto modo, Scorsese
cierra su idilio con el crimen organizado con este relato que enlaza a la mafia
con los poderes del estado, mientras el resto de sus proyectos similares lo
hacían desde lo más bajo del escalafón criminal (Malas calles), desde la
incursión de un joven que asciende dentro de una familia (Uno de los nuestros), y
desde la infiltración del crimen organizado en el mundo de las artes y el
entretenimiento (Casino). Pero fallan muchas cosas en esta El irlandés, empezando
por su mencionada duración. También el ritmo es bastante pausado, lo que no
ayuda a los 210 minutos que dura, ya que enreda, desconecta y, finalmente,
aburre y hasta tortura al espectador.
Prescindible pese a lo que prometía. **

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