Faust (Friedrich Wilhelm Murnau, 1926. Alemania):
una de las aproximaciones fímicas maestras del inmortal mito del Doctor Fausto,
ese en el cual un alquimista (Gösta Ekman) hace un trato con un esbirro
(Mefistófeles, interpretado por Emil Jannings) del diablo con el fin de acabar
poseyendo el alma del científico, una historia presente en la cultura occidental
desde finales del siglo XV, aunque difundida a través de las versiones de
finales del siglo siguiente, obra del inglés Christopher Marlowe, así como también la
del alemán Goethe, ya recién entrado el siglo XIX y siendo, si acaso
y gracias a esta última, el equivalente germano al Hamlet inglés o el Quijote
español, a cargo de uno de los maestros del silente, fallecido prematuramente.
El autor de Nosferatu creó aquí lo equivalente a una actual superproducción,
justo antes de aterrizar en América para realizar seguramente su obra más
recordada, la cual no es otra que la célebre Amanecer (Sunrise, 1927).
Extravagante en todos los sentidos, este Fausto rivalizó durante décadas con la
Metrópolis del gran Fritz Lang por ser la gran obra silente del cine teutón. Una
extraordinaria pieza de artesanía, de gran destreza y habilidad, y un
sobresaliente sentido del espectáculo gracias a sus deslumbrantes efectos
especiales, totalmente al servicio de la narración. Virtuosa como la mejor de
las obras expresionistas germanas, y carísima, como ya demuestra su inolvidable
escena inicial, con el diablo y uno de los arcángeles de Dios dialogando y
apostando. Un film que fascinó e influyó a infinidad de cineastas, destacando a
Eric Rohmer, uno de los padres de la Nouvelle
Vague.








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